Introducción: de curiosidad científica a recurso estratégico
El término tierras raras suele evocar algo exótico y escaso, pero en realidad es el resultado de una larga historia de descubrimiento científico y cierta confusión terminológica. En el siglo XIX, los químicos que lograron aislar estos elementos a partir de minerales poco comunes los denominaron “tierras” —un término antiguo para referirse a óxidos metálicos— y “raras” debido a la enorme dificultad técnica para separarlos entre sí, más que por su verdadera abundancia.
Hoy sabemos que las tierras raras no son particularmente escasas en la corteza terrestre. De hecho, elementos como el cerio o el neodimio son más abundantes que metales tradicionalmente considerados valiosos, como el plomo o la plata. Su verdadera rareza radica en otro aspecto clave: es muy poco común encontrar depósitos donde estos elementos estén lo suficientemente concentrados y accesibles como para ser explotados de manera económica y ambientalmente viable.
Este grupo está compuesto por 17 elementos químicos: los 15 lantánidos, más el escandio y el itrio. En conjunto, constituyen algunos de los materiales más críticos del mundo moderno. Sus propiedades magnéticas, ópticas y catalíticas —difíciles o imposibles de reemplazar— los convierten en componentes esenciales de tecnologías que definen nuestra vida cotidiana y nuestro futuro energético: motores de vehículos eléctricos, aerogeneradores, pantallas de teléfonos inteligentes, imanes permanentes de alto rendimiento, sistemas de iluminación LED, dispositivos médicos y tecnologías láser, entre muchos otros.
Una breve historia global: de las arenas costeras a la hegemonía industrial
La producción mundial de tierras raras ha evolucionado en etapas bien definidas, estrechamente ligadas a avances tecnológicos, cambios regulatorios y decisiones geopolíticas (Haxel et al., 2005; Jaireth et al., 2014).
La era de las arenas minerales (finales del siglo XIX – ~1965)
La primera producción significativa de tierras raras provino de minerales pesados como la monacita y la xenotima, extraídos principalmente de depósitos aluviales y arenas costeras. Durante gran parte del siglo XX, Australia lideró la producción mundial, exportando grandes volúmenes de concentrados de monacita hacia Europa y otros mercados.
Sin embargo, la presencia de torio —un elemento radiactivo asociado a estos minerales— generó crecientes preocupaciones ambientales y regulatorias. Como consecuencia, varias plantas de procesamiento cerraron hacia finales del siglo XX, especialmente durante la década de 1990, lo que llevó a la virtual paralización de esta industria en el país (Jaireth et al., 2014).
El ascenso de Mountain Pass, Estados Unidos (~1965–1984)
El descubrimiento del gran yacimiento de carbonatita de Mountain Pass, en California, marcó un punto de inflexión. Este depósito permitió a Estados Unidos convertirse en el principal productor mundial de tierras raras, impulsado en gran medida por la demanda de europio para la fabricación de televisores en color, una tecnología emergente en ese período.
Un período de transición (~1984–1991)
Durante esta etapa, la producción se diversificó parcialmente, con contribuciones relevantes de Estados Unidos, China y otros países, en un contexto de creciente demanda tecnológica y competencia internacional.
La era de China (1991 – presente)
A partir de la década de 1990, China consolidó una hegemonía sin precedentes en la industria de las tierras raras. La combinación de enormes recursos geológicos —destacando el yacimiento de Bayan Obo, asociado a mineralización de hierro— junto con políticas industriales estratégicas y costos de producción reducidos, permitió al país dominar el mercado global.
Hacia 2012, China concentraba cerca del 95 % de la producción mundial y aproximadamente la mitad de las reservas conocidas (Jaireth et al., 2014). Esta dependencia se volvió evidente cuando, alrededor de 2010, restricciones a las exportaciones provocaron fuertes alzas de precios y pusieron en riesgo cadenas de suministro tecnológicas a nivel mundial, revelando la vulnerabilidad estratégica de muchos países.
El despertar del resto del mundo: una nueva geografía para un recurso crítico
La crisis de suministro actuó como catalizador para una nueva etapa de exploración y desarrollo fuera de China. Países con recursos conocidos reactivaron proyectos históricos y se intensificó la exploración en nuevas regiones. Actualmente, el panorama es más diverso, aunque aún concentrado.
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Australia se ha posicionado como el principal productor occidental, gracias a depósitos de alta ley en roca dura, como Mount Weld —una de las carbonatitas más ricas del mundo— y el proyecto Nolans Bore.
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Estados Unidos reabrió Mountain Pass y busca reconstruir una cadena de suministro nacional.
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Otros actores relevantes incluyen Myanmar, Madagascar, Rusia, Tailandia, Vietnam, India y Brasil, con distintos grados de producción o potencial geológico.
No obstante, la mayoría de estos proyectos se basan en depósitos de roca dura (carbonatitas, complejos alcalinos y pegmatitas), cuya explotación implica procesos metalúrgicos complejos, uso intensivo de reactivos químicos y la gestión de residuos con componentes radiactivos, lo que representa importantes desafíos ambientales.
La joya de la corona: los depósitos de adsorción iónica
Entre todos los tipos de yacimientos de tierras raras, los depósitos hospedados en regolito —también conocidos como depósitos de tipo ión-adsorción— destacan por su singularidad geológica y su menor impacto ambiental. Descubiertos originalmente en el sur de China, constituyen la principal fuente mundial de tierras raras pesadas (HREE), como el disprosio y el terbio, que son especialmente escasas y estratégicas (Sanematsu & Watanabe, 2016).
Su formación es el resultado de un proceso geológico lento y natural:
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Rocas graníticas enriquecidas en tierras raras quedan expuestas en climas cálidos y húmedos.
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La meteorización química libera progresivamente los iones de tierras raras.
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Estos iones son transportados hacia capas más profundas del suelo.
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Allí, quedan adsorbidos en la superficie de minerales de arcilla, como la caolinita.
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En terrenos de baja pendiente, estos perfiles enriquecidos pueden preservarse durante millones de años.
La principal ventaja de este tipo de depósitos es que las tierras raras no forman parte de la estructura cristalina de un mineral duro, sino que están débilmente unidas a las arcillas. Esto permite su extracción mediante lixiviación in situ con soluciones salinas suaves, un proceso considerablemente menos invasivo, más económico y con una huella ambiental menor que la minería convencional a cielo abierto.
El caso de Chile: un potencial estratégico en los suelos del futuro
En este contexto, países con condiciones geológicas y climáticas favorables adquieren una oportunidad estratégica. Chile, ampliamente reconocido por su liderazgo en cobre, reúne muchas de las características necesarias para albergar depósitos de tipo ión-adsorción.
Investigaciones recientes han identificado un potencial prometedor en la Cordillera de la Costa del centro-sur del país (Müller, 2020; Fock Kunstmann, 2023). Las condiciones geológicas coinciden notablemente con las observadas en depósitos clásicos del sur de China: batolitos graníticos como roca madre, regolitos excepcionalmente profundos —en algunos casos superiores a 60 metros—, paleosuperficies de baja pendiente y un historial climático favorable a la meteorización química intensa.
El desarrollo de estos recursos podría posicionar a Chile no solo como productor de materias primas, sino como proveedor estratégico de elementos críticos para tecnologías de alto valor agregado, bajo un modelo de minería de menor impacto ambiental. Este escenario ilustra cómo países geológicamente favorecidos pueden integrarse a la nueva geografía global de las tierras raras de manera más sostenible.
Conclusión: hacia un futuro diversificado y sostenible
La historia de las tierras raras es un recorrido que va desde las arenas costeras de Australia, pasando por la hegemonía china, hasta un escenario global en transformación. Su rol en la transición energética, la electrificación y la revolución digital es incuestionable.
El desafío del siglo XXI es triple:
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Diversificar las cadenas de suministro para reducir riesgos geopolíticos.
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Desarrollar métodos de extracción más sostenibles, donde los depósitos de adsorción iónica representan una alternativa clave.
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Impulsar el reciclaje de tierras raras desde productos electrónicos al final de su vida útil.
En este contexto, países como Chile tienen la oportunidad de contribuir activamente a un futuro en el que estos elementos esenciales no solo impulsen el desarrollo tecnológico, sino que también se obtengan de una manera compatible con la protección del medio ambiente.
Referencias :
- Jaireth, S., Hoatson, D. M., & Miezitis, Y. (2014). Geological setting and resources of the major rare-earth-element deposits in Australia. Ore Geology Reviews, 62, 72-128. https://doi.org/10.1016/j.oregeorev.2014.03.003
- Fock Kunstmann, C. F. (2023). Métodos de exploración aplicado a depósitos de tierras raras en arcillas iónicas del área de Concepción, VIII Región, Chile (Tesis para optar al título de Geólogo, Universidad de Concepción).
- Haxel, G. B., Hedrick, J. B., & Orris, G. J. (2005). Rare earth elements—Critical resources for high technology. *US Geological Survey Fact Sheet, 087-02*.
- Müller, N. I. B. (2020). Exploración de tierras raras hospedadas en regolito en la cordillera de la costa de los Andes centrales (Tesis de maestría, Pontificia Universidad Católica de Chile).
- U.S. Geological Survey. (2023). Mineral commodity summaries 2023: Rare earths. U.S. Geological Survey.
- Sanematsu, K., & Watanabe, Y. (2016). Characteristics and genesis of ion-adsorption type rare earth element deposits. Reviews in Economic Geology, 18, 101–114.
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