Comprender el cambio climático a la luz de 500 millones de años de historia terrestre
Introducción: el clima como hilo conductor de la historia de la Tierra
Cuando hoy hablamos de cambio climático, la conversación suele centrarse en chimeneas industriales, emisiones de dióxido de carbono y registros instrumentales del último siglo. Sin embargo, esta mirada —aunque fundamental— es solo una pequeña ventana temporal dentro de una historia climática mucho más extensa. El clima de la Tierra no ha sido nunca estático: ha cambiado de forma profunda y recurrente a lo largo de cientos de millones de años, moldeando la evolución de la vida y la superficie del planeta.
El efecto invernadero es un proceso natural y esencial para la habitabilidad terrestre. Gracias a gases como el vapor de agua (H₂O), el dióxido de carbono (CO₂) y el metano (CH₄), la temperatura media del planeta se mantiene en torno a los 15 °C. Sin esta “manta” atmosférica, la temperatura promedio sería cercana a −18 °C, incompatible con la vida tal como la conocemos. No obstante, el espesor de esa manta ha variado notablemente a lo largo del tiempo geológico, dando lugar tanto a edades de hielo globales como a periodos de calor extremo.
La paleoclimatología, disciplina que estudia el clima del pasado, permite reconstruir estas variaciones y entender cómo funciona el sistema climático en escalas de tiempo que superan con creces la experiencia humana. Esta perspectiva es clave para contextualizar la crisis climática actual.
1. El sistema climático: factores externos e internos
El clima global surge de la interacción entre la atmósfera, los océanos, la criosfera, la biosfera y la geosfera. Las perturbaciones de este sistema pueden originarse por dos grandes tipos de forzantes:
Factores externos
Actúan fuera del sistema climático propiamente tal. Incluyen las variaciones orbitales de la Tierra —los ciclos de Milankovitch (excentricidad, oblicuidad y precesión)— que modulan la distribución de la energía solar en escalas de decenas de miles de años, y los cambios en la actividad solar.
Factores internos
Son propios del sistema Tierra. Destacan la tectónica de placas, que modifica la posición de los continentes y la circulación oceánica; la actividad volcánica, capaz de liberar grandes volúmenes de CO₂ y aerosoles; los cambios en la circulación oceánica profunda; y, especialmente, las variaciones en la concentración de gases de efecto invernadero.
Para reconstruir climas pasados, los científicos utilizan proxies climáticos: indicadores indirectos conservados en archivos naturales. Entre ellos se encuentran los isótopos de oxígeno en núcleos de hielo de la Antártida y Groenlandia, los caparazones de foraminíferos marinos, el polen fósil, los paleosuelos y la densidad de estomas en hojas fósiles. Estos registros permiten inferir temperaturas, precipitaciones y concentraciones atmosféricas de CO₂ millones de años atrás.
2. Grandes crisis de efecto invernadero en la historia geológica
El registro geológico revela múltiples episodios de calentamiento global extremo, algunos asociados a crisis ecológicas profundas.
a) El Pérmico–Triásico: la mayor crisis climática conocida
Hace aproximadamente 252 millones de años, la Tierra experimentó la mayor extinción masiva registrada, en la que desapareció más del 90 % de las especies marinas. La causa principal fue una intensa crisis de efecto invernadero desencadenada por las erupciones volcánicas de los Traps Siberianos, que liberaron enormes cantidades de CO₂ y probablemente metano.
Las consecuencias incluyeron un calentamiento global rápido, acidificación oceánica y extensas zonas oceánicas sin oxígeno (anoxia). Estos cambios no solo provocaron extinciones, sino también una reorganización completa de los ecosistemas terrestres y marinos. Estudios de paleosuelos indican que durante el Pérmico y el Triásico ocurrieron múltiples pulsos de efecto invernadero, siendo los del Pérmico tardío los más severos.
b) El Cretácico: un planeta invernadero
Entre hace 145 y 66 millones de años, la Tierra vivió uno de los periodos más cálidos y estables de su historia reciente. No existían grandes casquetes polares y bosques templados crecían en latitudes hoy cubiertas por hielo. Reconstrucciones paleoclimáticas indican que las concentraciones de CO₂ atmosférico alcanzaron valores entre 4 y 10 veces superiores a los preindustriales.
Durante el Cretácico medio, los niveles de CO₂ llegaron a superar las 1.000 ppm. Estos valores fluctuaron en respuesta a eventos anóxicos oceánicos, donde el enterramiento masivo de materia orgánica secuestró grandes cantidades de carbono, demostrando que incluso en climas cálidos el sistema climático es dinámico y sensible a perturbaciones del ciclo del carbono.
3. El pulso glaciar del Cuaternario
En los últimos 2,6 millones de años, el clima terrestre ha oscilado entre periodos glaciales largos y periodos interglaciales cortos. Los núcleos de hielo revelan una estrecha correlación entre temperatura y CO₂: durante las glaciaciones, las concentraciones descendieron hasta ~180 ppm, mientras que en los interglaciales alcanzaron ~280–300 ppm.
El océano ha sido el principal regulador de estos cambios, actuando como un enorme sumidero de carbono. Sin embargo, estos procesos naturales son lentos: un aumento de 80–100 ppm de CO₂ suele requerir miles de años.
4. La señal humana: una ruptura sin precedentes
Desde la Revolución Industrial, la humanidad ha alterado el ciclo del carbono a una velocidad extraordinaria. Las mediciones instrumentales, iniciadas en el observatorio de Mauna Loa, muestran un aumento sostenido del CO₂ atmosférico, que hoy supera ampliamente las 420 ppm.
Este incremento se ha producido en apenas dos siglos, una tasa hasta 140 veces más rápida que la de una desglaciación natural. El resultado es la activación de retroalimentaciones positivas, como el derretimiento del hielo, la reducción del albedo y la alteración de la circulación oceánica, procesos que amplifican el calentamiento inicial y aumentan la probabilidad de cambios climáticos abruptos.
5. Lecciones del pasado para enfrentar el futuro
El registro geológico ofrece enseñanzas claras:
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El CO₂ es un regulador central del clima: existe una relación robusta entre concentraciones de CO₂ y temperatura global a lo largo de la historia terrestre.
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El océano es la memoria climática del planeta, controlando el intercambio de carbono y calor.
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La velocidad del cambio es crucial: aunque la Tierra ha experimentado climas más cálidos que el actual, esos estados se alcanzaron en millones de años, permitiendo la adaptación de los ecosistemas. La rapidez del cambio actual no tiene precedentes en al menos los últimos 66 millones de años.
Comprender que el clima siempre ha cambiado no debe ser un argumento para la inacción. Al contrario, el pasado revela cuán sensible es el sistema climático y cuán profundas pueden ser las consecuencias de alterar el equilibrio del efecto invernadero. Hoy, por primera vez, una sola especie se ha convertido en una fuerza geológica capaz de modificar el clima global en tiempo récord.
La historia escrita en las rocas no dicta nuestro futuro, pero sí nos advierte: el experimento climático que estamos llevando a cabo es real, global y de consecuencias duraderas.
Referencias
- Libes, S.M. 2009. Introduction to Marine Biogeochemistry. Elsevier Ltd, California.
- Coursera. 2018. Oceanografía: una clave para entender mejor nuestro mundo. Universitat de Barcelona.
- Retallack, G.J. 2012. Permian and Triassic greenhouse crises. Gondwana Research.
- Wang, Y., Huang C., Sun B., Cheng Q., Wu J., Lin Z. 2014. Paleo-CO2 variation trends and the Cretaceous greenhouse climate. Earth-Science Reviews.
- Rivera-Olmos S., Gómez-Espinosa C., Vargas-Izquierdo C., Tapia-Zavala A., Guadarrama-Cruz J. 2011. Cambio Climático Global a través del tiempo geológico














