Un estudio internacional que analizó 62 ecosistemas en seis continentes concluye que, en la mayoría de los casos, mantener los ecosistemas naturales intactos o restaurarlos genera más beneficios económicos que transformarlos para usos intensivos como la agricultura o la explotación forestal.
Introducción
Durante décadas, el desarrollo económico y la conservación de la naturaleza se han presentado como caminos opuestos. La idea dominante ha sido que, para crecer económicamente, es necesario transformar bosques en campos de cultivo, drenar humedales o intensificar el uso del suelo. Sin embargo, esta visión comienza a ser cuestionada por la evidencia científica.
Un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature Sustainability por un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Cambridge y la Royal Society for the Protection of Birds (RSPB), demuestra que conservar y restaurar la naturaleza no solo es beneficioso para el medio ambiente, sino que también puede ser una decisión económicamente más rentable.
A diferencia de muchos estudios basados en modelos teóricos, esta investigación analiza datos reales de 62 sitios distribuidos en seis continentes, actualizando una revisión pionera realizada en 2002. Su conclusión central es clara: proteger la naturaleza no frena el desarrollo, sino que puede potenciar la prosperidad humana.
Desarrollo
El estudio compara dos escenarios posibles para un mismo territorio. En el primero, el terreno se mantiene en un estado “enfocado en la naturaleza”, ya sea conservando un ecosistema intacto o restaurando uno degradado. En el segundo, ese mismo espacio se transforma para un uso humano intensivo, como agricultura, ganadería, plantaciones forestales o explotación de recursos.
Para evaluar estos escenarios, los investigadores utilizaron una herramienta estandarizada llamada TESSA, que permite cuantificar no solo los beneficios económicos directos —como la venta de madera o productos agrícolas—, sino también los beneficios que normalmente no pasan por el mercado. Estos beneficios, conocidos como servicios ecosistémicos, incluyen la regulación del clima mediante el almacenamiento de carbono, la protección frente a inundaciones, la provisión de agua limpia, la polinización de cultivos y el valor cultural o recreativo de los paisajes naturales.
De los 62 sitios analizados, 24 contaban con información suficiente para realizar una valoración económica completa. En más del 70 % de estos casos, el valor económico total de conservar o restaurar el ecosistema fue mayor que el de transformarlo para un uso intensivo. Este resultado fue especialmente contundente en los bosques: cuando se considera el costo social del carbono —es decir, los daños económicos que las emisiones de CO₂ provocan a la sociedad—, la conservación resultó más beneficiosa en todos los sitios forestales estudiados.
Los autores destacan que los beneficios compartidos por toda la sociedad, como la estabilidad climática o la protección frente a desastres naturales, suelen ser mucho mayores en ecosistemas conservados. En contraste, los beneficios privados que impulsan la conversión del territorio —como los ingresos por cultivos comerciales— no siempre compensan las pérdidas cuando se analiza el balance completo. Incluso en lugares donde se producían cultivos como cereales, cacao o caucho, el valor total de los servicios ecosistémicos del entorno natural seguía siendo superior.
¿Por qué entonces sigue avanzando la degradación?
Si conservar la naturaleza es económicamente ventajoso, ¿por qué continúan la deforestación y la destrucción de humedales a gran escala? El estudio señala una razón clave: los incentivos económicos actuales están mal alineados.
La mayoría de los beneficios de la conservación son colectivos y se manifiestan a largo plazo, mientras que los beneficios de la explotación intensiva suelen ser privados e inmediatos. Los mercados rara vez compensan a un propietario por el carbono que su bosque captura o por las inundaciones que ayuda a evitar aguas abajo. En muchos países, además, todavía existen subsidios que fomentan la conversión de ecosistemas naturales considerados erróneamente como “tierras improductivas”.
Conclusión
Los autores son claros en una advertencia importante: sus resultados no implican que toda la tierra agrícola deba abandonarse ni que la conservación sea siempre la mejor opción en todos los casos. El estudio analiza cambios locales y específicos en el uso del suelo, y muestra que no existe una solución única.
Aun así, la conclusión general es contundente: a escala global, probablemente ya hemos superado el punto en el que los beneficios de seguir transformando la naturaleza superan los costos para la sociedad. La investigación no critica la producción de alimentos, sino que evidencia la necesidad de corregir las fallas del sistema económico actual.
Para ello, los científicos proponen crear mecanismos que reconozcan el verdadero valor de la naturaleza, como impuestos a las actividades altamente destructivas o incentivos positivos, incluyendo pagos por servicios ecosistémicos, que recompensen a quienes conservan y restauran sus tierras.
En definitiva, el estudio demuestra que proteger la naturaleza no es un acto ideológico ni un lujo ambientalista, sino una inversión con enormes retornos económicos, sociales y ambientales. El verdadero desafío ahora es adaptar las reglas del juego económico para que este valor deje de ser invisible y comience, finalmente, a guiar las decisiones sobre el futuro del planeta.
Referencia:
- Bradbury, R. B., Butchart, S. H., Fisher, B., Hughes, F. M., Ingwall-King, L., MacDonald, M. A., ... & Balmford, A. (2021). The economic consequences of conserving or restoring sites for nature. Nature Sustainability, 4(7), 602-608. https://www.nature.com/articles/s41893-021-00692-9






